8:14 a. m. (otra vez me levanto en pelotas)

 

Φ   ♥   Φ

Como sabe mi vecino, me lo he fumado todo, me he comido la mitad, me he bebido cien alcoholes que jamás desinfectaron,  y he diluido en el agua, cualquier mierda con que poder dispararme en el juanete. Un jodido borderline. Me he pasado doce años viviendo en el suelo de mi habitación en la posición del feto. Una niñez de cachorro de perro pachón, mantuvo mis ojos cerrados a la vida en general, solo veía pelotas, los juegos haciendo el simio en un barranco o alguna Nancy para poder descabezar. Un crío normal. Un hijoputa pequeño que construyó una barraca donde metió nubes grises. Nada puede salir mal. Al abrazar a la niña bonita de los bingueros (Miss fifteen) la intemperie se hizo fría y enemiga de mi alma, los demás me escudriñaban y mi forma de humanoide con su sitio en su lugar, no encajaba como tal. Ella me vino a salvar.

Yo me metí en la tormenta de mi barraca, y la he mantenido a cuestas para no ver tanta mueca. Me observaban. Solo me emborrachaba para olvidar dónde estaba. Ella me vino a matar, solo quería comerme y yo me dejé querer. Pálida, flaca, raída, con los caninos en punta de una zorra de mirada tan hiriente como el cielo de las doce en primavera. Me destrozó. Nos dimos una paliza por dejar de ser dos críos, me folló bajo la sombra de una ermita y colocó todos mis restos en el fondo de aquel río. No me río. Hay cosas que marcan mucho, yo era un niño. Me enamoré de todas sus cicatrices, de su capacidad por hacerme salpicar con explosiones las puertas que fui cruzando de la mano de mi chica nubarrón. Me enamoré como un púber, no sé si tanto de ella, como de la sensación de implosionar hacia afuera que me imponía con el castigo de sus manos, de sus lenguas, de su mirada clavada en la mía, siempre que me apuñalaba. Aquello era genial. Un lerdo de dieciséis fumando canutos a cualquier hora, que se corría con las manos apoyadas en la mesa, que vio lo que jamás le contaron y que se metió en todos lados ondeando una bandera.

Se largó a los dieciséis. Seis semanas. Seis semanas de cuchillo entre los dientes en aquella jungla sin vello. Ni un puto whatsapp. Ni un “esmés” de despedida. Solamente su mirada de cuchilla desde un cristal disfrazada de señora con posibles; un gordo que la sacaba de mi mundo con un buen coche de mierda. Ni un adiós. Ni un hasta luego. El suelo de aquella disco no se abrió bajo mis pies. Nunca he creído en la suerte. Puta. TÚ. Solo tienes dieciséis. Y la suerte. Abollaste la hojalata que cubre mi calavera. Solo tengo dieciséis. Sois las dos un par de zorras que solo queréis escalar.

¿Quién soy yo? Soy un Don Nada.

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Φ   ♥   Φ

Ya nunca nada fue igual. Mi vida y la cama siempre desecha y al punto de ebullición, mi vida en la de otros, y el traje de junco que llevo puesto desde entonces no me lo quito jamás. Ya no os doy más la paliza, ya vais sabiendo quién soy, llevo siempre poca ropa al desplazarme pero me gusta el Feng-shui; procuro orientar mi catre hacia la zona de Cuenca. Solo soy restos humanos en el lecho de aquel río. Necesito mucho amor, soy un perro apaleado viviendo en el pecho de un cuerpo que ya no es mío. Vivo de prestado.

Una pista: “Amor. Placer. Dolor. Vida. Soledad. Orgasmo. Angustia. Rabia. Dolor”.

Limpiame con tus labios y pon una venda temporal en esta herida permanente.

No sé para qué me confieso si en lo único que creo es en Vosotras.

Φ   ♥   Φ

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8:14 a. m. (otra vez me levanto en pelotas)

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