La bondad [biopic]

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Nada es lo que parece

Once up on a time, el abuelo cebolleta firmó año y medio de contrato en el ejército español. Una movida. Pensé que me harían un hombre a los 22 pero yo ya estaba caducado. Me fui a Madrid y como nací allí, me dieron un pase para pernoctar en casa de una tía carnal fuera de esas cuatro paredes. No estaba mal, pero antes de que me vaya el hilo, permítaseme que defeque en el pecho del Sargento Sotomayor. Mucho mejor. Solo saqué de aquella mierda, dos meses de calabozo y una devoción desmedida por las botas militares. Me maté a pajas. Tuve alguna novia en el mundo exterior, vendía chocolate en el barrio y el cuartel, y procuraba caminar por detrás de las tapias mientras estaba metido en aquel planeta. Costo, canutos, un teniente hijo de puta, un soldado gilipollas, y unos compis con chancletas en la boca. Eso suena a trullo. Me comí nada más que un mes y medio y no fue nada trágico porque a los 22, nada en el universo desde mi piel hacia fuera era tragedia, de los huesos hacia adentro es otra cosa. Yo me meo en Calixto y Melibea. La pregunta es el porqué me metieron en tamaño agujero si yo soy un tipo que no crea problemas. A saber. Le solté diez gramos de hachís a un sevillano que salía licenciado hacia su casa en una semana, el me soltó la pasta y los dos nos dimos la mano. El puto Sargento Mayor nos miraba en lontananza y notó que hacíamos trucos con las manos. Nos dispersamos. Yo me largué de la cantina con mi tela en el bolsillo y no supe nada más hasta la hora de la cena. Por lo que me contaron, el sevillano se hizo un peta con un colega y los colocó un cabo, éste se lo dijo a otro, y luego se corrió la voz hasta llegar al Sargento. Cacheo, movida, pedrusco, papeles de refugiado en un bolsillo y muchas preguntas que les llevaron a mí. Nunca he entendido a la gente así que ni me extrañó, ni me enfadé, es más, me comí el marrón diciéndole al interrogador que eso era solo mío, el sevillano solamente lo cogió porque notó que nos miraban. Por ayudarme. El pobre mequetrefe se iba para su casa en una semana y yo no quería permitir que eso no sucediera, yo me iba a quedar igual y siempre soy de ayudar a un mequetrefe. El día que se fue, se cogía al ventanuco chiquitín con una mano y me tocaba la mía sonriendo. Fui su princesa enjaulada y él fue mi espadachín.

Lloró como un auténtico mequetrefe, por eso pude saber que había hecho lo correcto.

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