Viajes [microBio]

 

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Un par de maletas descansan sobre las losetas de la acera como dos soldados, el joven que cierra la puerta a sus espaldas soy yo. Me voy 10 días a Seoul por trabajo. Tumbándolas en el aire con mis propias manos se introducen a dormitar en el maletero, mientras yo, con la cara abofeteada por el afilado frío de las cinco de la mañana, me apresuro a sentarme en mi butaca. Nada he cogido que no tenga peso, nada me falta si empiezo de cero y eso es para lo que me sirven estos viajes.

Carretera, música y a Barna, que tenemos que montarnos en avión.

Los aeropuertos diluyen a las personas, las convierten en masa deforme que se va colando por puertas y bajando por escaleras, masa viscosa que se mete en cilindros con alas y a las que echan a volar. Mimetizado con aquella deformidad de cuerpos sin alma, me limitaba a ocupar mi plaza y a dejarme llevar. En unas pocas horas nos posábamos en el corazón de esta Europa. Recargando y descargando de la panza del avión como una bestia destripada, el aparato se quedaba dormido enchufado a un finger que le proporcionaba los gases sedantes, a la vez que le servía de excretor de los mortales. Amsterdam o Frankfurt son aeropuertos que por estar ya de por sí en nuevos contextos, poseen un poder disolutivo mucho mayor si cabe que el de Sants. Se consumía el tiempo entre las horas colgadas a la espalda de los desconocidos, una lleva el señor de corbata y peine en pecho, otra la universitaria con la falda de cristal que alborota al gallinero, y por fin la señora que arrastra un peluche de una mano mientras mira con las cuencas la cinta trasportadora. Tiempo de trasbordo culminado. Otra vez al intestino del pájaro de metal y trece horas volando, trece bolos que voy lanzando por las ventanas a medida que me alejo de mi yo entre mi contexto.

La estepa en invierno es tan blanca, es tan enorme y tan blanca, que el mero hecho de mirar por la ventana, me hacía confundir el brillo que recibía de las alturas, con la vibración acuosa de tus ojos al romperse. Todo va quedando atrás, seré un muñeco de trapo a pies de la escalerilla, nadie podrá mirarme porque para ellos carezco de una identidad, soy un nada, estoy virgo y en la casilla de salida. Voy a llenarme y llenar con algo que pueda devolver la luz que golpea mi cuerpo y empezar a rebotarla con la forma que le de a cien mil protones.

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