microBio [pinceladas en gris nube]

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No había cerebros. No había filtros. No había zonas de confort.

Una noche en una disco en las afueras, le robamos el Patrol a la pareja de la Guardia Civil. Era cuatro por cuatro. Ciegos y sudados como putas llevaríamos un par de horas en un sótano con arañas de plata colgando del techo. Muy Bela Lugosi. Al ir a pedirle la mano de nuevo a la chica de la barra (la tercera) se colocaron en dos taburetes, a mi derecha, dos picoletos muy bien vestidos de picoleto. No contestaré por qué, pero a los galones y a las parejas que visten igual y salen de noche, necesito repelerlos cuanto antes.

En la puerta exterior de aquella cueva justo al final final de una escalera, hacía bastante frío. Nos metíamos humo aderezado con madre naturaleza para dejar de sentirlo y para evadirnos, de paso, de la presencia injustificada de los dos policías.

Quid pro quo. Yo te doy paz y tú te comes el frío.

Cuando llegábamos casi la pava que anuncia la muerte de un canuto, Jon me lo pasó y se fue caminando hacia el coche patrulla. Estaba abierto y con las llaves colgando en su sitio.

¿Quién va a robarle a la policía? (Contesta a esta obviedad, en cuanto volvamos de publi).

No éramos de dejar pasar oportunidades, así que Jon ni corto ni perezoso se vino con el coche hasta donde yo estaba, me abrió la puerta desde adentro como si fuese la princesa de la fiesta de mi quince cumpleaños y ambos nos descojonamos. Tiene guasa. Un Guardia Civil de la pareja de dos, se había dejado la gorra en el asiento del coche para poderse tomar los dos güiskis sin presión. Que pelotas tienen. Se cocían en Doble uves al baño de maría mientras nos tocaban los cojones y les decían guarradas a las niñas, que siempre terminaban con el nombre de algún monumento nacional. Zafios.

Dimos varias vueltas por el parking de la disco con el codo en la ventana, la gorra del piojoso en la cabeza de turno, y entonando la melodía del “viaje con nosotros” de la Mondragón. Empezaba a haber público. Jaleaban. De hecho una parejita de zumbados terminó por montarse también a la vista de como nos descojonábamos con aquella tontería.

Salimos del parking a carretera abierta y lo dejamos con el susto a cien metros del primer semáforo de nuestro casco urbano. Cambio de decorado.

No había ningún “susto”, era apenas una inyección de adrenalina para asegurarme de que sigo vivo.

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