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Cambié los cristales rosados de mis gafas por unos de espejo. Salía mucho. Las ojeras se me descolgaban desde detrás de los espejos. La calidad musical había subido bastante desde unos años atrás, hay que reconocerlo, pero la gente no. La gente era incluso peor. Había personajes sin frente, que se pintaban la raya de ojo rebozados en laca Elnette, y te miraban desde sus plataformas de modernez, creyéndose mucho más guapos que el mismísimo Peter Murphy. La misma eterna mierda de los que quieren y no puede ser, pero al menos se podía bailar.

-Jon, esta tarde me voy a Pelayo ¿Te vienes?

Pelayo es una calle al lateral de la Estación de tren. Estaba llena de baretos, de camellos, de música de la época y de putas por un ciego. Una calle sin abuelos y con poca policía.

-Si te esperas a que acabe, te acompaño.

-¿A las ocho?

-Por ahí ¿Tienes el Sierra?

-Sí, al final sí.

El Ford Sierra era demasiado coche para dos descerebrados. Era el coche familiar y de trabajo de mi padre, y con mi copia de llaves era mío de diez de la noche a siete de la mañana. Esa semana era aún mejor; el viejo estaba de viaje y al Sierra le venía bien no sentirse abandonado.

-Hay buen material por allí me han dicho.

-¿Polvo? –pregunté.

-Eso dicen ¿Me esperas o qué?

-Vale. Luego me paso, pilla pasta.

– Nos vemos cadáver.

Él estaba trabajando. Yo aquella tarde no. A veces tenía horarios flexibles, y ese día trabajé solo hasta las tres. Iba a ir a Pelayo a recargar bacalao para los trapicheos que me permitían mantener los sobrecostes del vicio.

Esperé en una tienda de discos de un colega. Quedaban dos horas para que cerraran la zapatería.  Era de su familia. Era una de esas con clase, donde lo más zarrapastroso eran unos Martinelli, o un surtido de Camper. Estaba bien, porque pillábamos buenos precios y nos permitíamos hasta la piel de las serpientes.

Cuando volví ya estaba cerrada. Jon y su familia vivían cinco pisos más arriba que los zapatos. La mismísima Calle Mayor.

-Joder tío, veinte minutos  -renegué.

-Que estaba merendando, no me seas llorona; mira tío, ya la has liado, has metido la rueda en el cuadradito ese del árbol.

-Se llama alcorque. Y solo está dejada caer, gilipollas.

Cinco minutos después saqué la puta rueda de agujero. Dejé los bajos del Sierra de mi padre hechos trizas. Me costó salir. Al finalizar la maniobra había un plástico en el morro del coche que colgaba bastante, pero menos mal que no reventé la rueda. Los transeúntes nos miraban con prejuicios. Yo solo quería sacarlo de allí. A esas alturas solamente teníamos en la cabeza el lugar de destino, los preparativos de viaje estaban hechos y nada iba a impedir que terminásemos en el punto B.

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