Viajes [vivo y dejo vivir]

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-¿Ángel?  -preguntó el señor desde el interior del coche inclinándose hacia un lado.

Yo estaba esperándolo plantado frente a la puerta principal de la Estación del Norte, la de los dos torreones cuadrados y ornamentos de naranjas levantinas.

-Sí, hola ¿Satur?

-Sube que nos vamos.

-Hola, mucho gusto Satur  -saludé cerrando la puerta del coche.

-¿Qué tal todo chaval?  (¡Chaval!)

-Bien. Yo estoy listo ¿vamos a hacer el viaje del tirón?

-Una paradita igual, a mear o para tomar algo ¿no?  -sugirió.

-Perfecto. Toma, quince…, seis, siete…, dieciocho.

Le pagué mi pasaje y recogimos a una pareja de universitarios bastante feos que nos esperaban en la Avenida del Cid. Estaban en medio de la calzada cogidos de la mano, para que ninguno pudiera escapar.

Saturnino Figueruela era un señor calvo con los ojos diminutos. Lucía una buena tripa y se fusionaba con el asiento del coche, donde intuí que pasaba demasiadas horas. Vestía camisa y corbata aunque el conjunto, sumándole los pantalones de Tergal y los zapatos de mercadillo, no le imprimía la más mínima elegancia. Observando su papada y los pelos que se le salían por las orejas, pensé en lo injusta que es a veces la genética. Casado, calvo, tres críos, comercial de cárnicas, y demasiado habituado a ese asiento, a la soledad impuesta y a las pensiones baratas. No dejaba de hablar.

Tenía 36 años y me llamaba chaval. Yo uno más.

Yo tenía en la mochila media docena de calzoncillos, otros tantos calcetines y la mitad de camisetas. Todos limpios. En un bolsillo interior con cremallera, guardaba la entrada para ver a los Black Keys en el Palacio de los Deportes y en el fondo de la mochila una bolsa con cogollos. Para cientos de madrileños siempre será nuestro Palacio de los Deportes, en Goya.

Los tortolitos universitarios viajaron unidos por una mano incluso cuando bajamos a estirar las cosas. Fue en un Parador. Yo me tomé un café, Satur un desayuno completo y los siameses poco agraciados, solo un agua mineral. A medias.

Es mucho más ameno –y más económico- viajar con Bla Bla Car, que con un autobús de línea regular. No diré que sea siempre más cómodo, pero el factor sorpresa juega un papel importante a la hora de inclinar la balanza.

Yo no soy de los tipos que alucino con los “come-polvos” eléctricos que trabajan por su propio albedrío, ni siquiera con el hecho de que ahora se pueda hacer auto-stop desde casa con un ordenador. Yo me mimetizo como un fásmido insecto de aspecto seco.

Soy como una Phasmatidae que en el tronco tiene un palo. Vivo en un continuo ahora. Heterometábolo y exopterigoto. Soy un puto bicho palo. Pero alucino con lo que pueden hacer las redes. Colaboracionismo.

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2 comentarios en “Viajes [vivo y dejo vivir]

  1. Gracias, sí, es barato y a veces interesante. Era impensable algo así hace 10 años, un mundo de posibilidades la red (reflexión de sienes plateadas). De hecho me voy a Madrid a un concierto el mes que viene y voy así, no hubiera conocido a Satur si voy en el ave. =)) Un saludo.

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