Niñatas #prose

Φ

Metí la llave en la cerradura del Volvo siendo observado desde la verja del recinto por cuatro o cinco quinceañeras. No les hice nada, ni caso, ni nada, pero una de ellas salió. Tenía las uñas y la boca negras, se le salían pintarrajeadas sobre una piel tan pálida. Las delgadas piernas enfundadas en unas medias negras, aparecían desde medio muslo asomando por debajo del vestido. Botas. Un collar largo de bolitas turquesas, unas Ray-ban de aviador negras que contenían el color de su mirada…, y un collar de perra con púas de níquel ceñido a su cuello de mármol. Eso era lo que completaba a la modelo mientras se me acercaba.

-He leído tu blog  -dijo oliendo a chicle.

-¿Perdona?

-Que te he leído. En el blog, por eso vine. Lo sigo.

-Muchas gracias, espero que al menos te guste.

-Me incomoda, me da tristeza y a la vez ternura. Me pone.

-Vaya.

-Duele mucho a veces. El de la novela eres tú ¿verdad?

-Bueno, no. Es ficción; pero sí tienen mucho de lo que he vivido.

-Sé que es ficción, y que no te llamas Ángel.

Me habían publicado una novelita que construí en menos de doscientas páginas con posts del blog y escritos correlativos que fui ordenando cronológicamente para que tuvieran algún sentido. El protagonista se llamaba Ángel y seguro que tenía mucho de mí.

-Bueno, yo soy Fox, y tú puedes ser Morticia.

-Puedo ser lo que quieras, o quien tú quieras ¿En la cama eres igual que en la novela?

Ante este tipo de conversaciones, uno a veces no piensa con claridad. No suelen ser muy habituales -desgraciadamente- será por eso que me cautivan. Joder, no es solo sexo.

-¿Te firmo algo? Tengo cosas en casa que te puedo dedicar.

-Para eso he venido.

Hija de puta. Cada respuesta que me daba me ponía más; tenía unas tetas perfectas, libres bajo el escote de su vestido de primavera, y unos ojazos azules con el poder de desperezarme por dentro cada vez que me miraba la entrepierna a través de los cristales. ¡Pero si es una cría! ¡Joder!

-Vámonos de este sitio Carolyn.

-¿Carolyn? ¿Vas a decirme que vayamos hacia la luz?  -preguntó. Me quedé observándola todo el trayecto mientras circundaba el automóvil, hasta llegar al otro lado para sujetarse con una mano a la cerradura de la puerta. No dejamos de aguantarnos la mirada en todo ese paseo.

-Nena, no soy tan simplón. Carolyn Jones era mama Adams ¡La verdadera Morticia!  -nos reímos.

Me gusta la gente transparente, la que busca lo que quiere sin sentir que la han juzgado, y la que no te lava la cara antes de meterse contigo en la cama. Se llamaba Carolyn, o eso le dije yo, y debajo de esa melena a media espalda que lucía, había un proyecto muy interesante de hombre-mujer que me tenía anonadado. Bisexual como casi todas las tías buenas que conozco últimamente, y al final no era tan quinceañera; tenía 17.

Con ella y su amiga hice el primer trío, solo, de toda mi vida. Yo tenía 29.

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