El Lector (neorrabioso)

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Una reflexión de Ernst Jünger

El palacio del lector es más duradero que cualquier otro. Sobrevive a los pueblos, las culturas, los cultos, hasta al lenguaje mismo. Terremotos y guerras no lo hicieron vacilar, ni siquiera incendios de bibliotecas, como el de Alejandría. Aldeas de fellahes, mercados, coliseos, rascacielos, crecieron alrededor de él y se desvanecieron, como si la lluvia los disolviera. La puerta permanece abierta para el mundo mágico. Creo haber mencionado alguna vez al sabio chino que aguardaba su ejecución en una celda de condenados y estaba absorto en un libro mientras delante de él se cortaban cabezas. Cuando le tocó el turno estaba tan ocupado con el texto como Arquímedes con sus círculos. Un occidental al cual conmovió el espectáculo, obtuvo gracia para él. El sabio se lo agradeció cortésmente, cerró el libro y se marchó sin una muestra de asombro del lugar del suplicio. El lector está generalmente disperso, pero no porque no pueda relacionarse con el mundo circundante, sino porque lo considera menos importante.

ERNST JÜNGER, recogido por Roberto Rubiano Vargas en La alquimia del escritor, Icono Editorial, Bogotá, 2006, págs.. 25 y 26

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