La presa25 #prose

 

Iris tenía un buen cuerpo. Uno de 25 sobre 25. Me ponía mucho, y a quién no. Yo tenía 18. La cara normal. Era muy hippie y se tomaba muy a pecho eso del amor libre. Era la hermana mayor de un imbécil que a principios del verano fue algo parecido a un “amigo”. Para Iris todo era súper, ultra, mega, o hiper-lo-que-fuese. ¡Mega guay! Amor. Libre. ¡Súper!…, ¡qué chachi!

Empecé muy pronto a trasnochar con ella y con su panda de amigos hippiosos en la playa. Una perra de 25 donde sacudir las pulgas acumuladas. No caerá esa breva. Persevera, es buena pieza. Guitarra, hoguera en la arena, canutos de hierba y cerveza fría. Noches de verano en el Mediterráneo. A veces alternábamos decorado con una pinada que había más allá; justo donde dejaban de crecer los edificios.

Mis ojos ya hablaban latín. Los suyos aún no. No hay prisa.

Me quedaba algunas noches a dormir en el apartamento cuando se me hacía muy tarde para regresar a casa en moto y aprovechaba las ocasiones, para segregar un hilo pegajoso por el culo e irla envolviendo mientras dormía muy poco a poco. Sin darse apenas cuenta. Lento pero seguro.

A finales de junio en esa casa por las noches, ya solo se veía mi capullo. Estábamos ya tan enredados, y los jadeos de seda empezaron a ser tan molestos para su hermano, que terminó por largarse de su propio apartamento para mudarse -con la ropa- al de otro amigo.

No me importó una mierda. Tenía a mi presa. Presa.

Φ

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