Trio? No #prose

-¿Qué coño le pasa a Raúl?  -pregunté.

-Nada, ¿por?  -me respondió Iris con la cara normal.

-Joder, ni me mira tía. Por no hablar de lo de la pizza. Vamos, que ni hola ni adiós, no me dirige la palabra. Yo creo que es justo desde que estamos liados, ¿verdad?

-Ah, bueno, eso  -respondió-  celos. Son celos. Eso es porque tú le gustas.

-¡Me cago en la…! ¡¿No me jodas?!

-A ver ¿Por qué te crees que era, tan “amiguito” tuyo, al principio? ¿Tú no te enteras de nada, eh?

No, yo todavía era un poco pardillo, tengo que reconocerlo.

-Vaya… tela…  -di un trago hasta el culo del litro de cerveza y seis caladas a un canuto.

-… .  .  .  .  .           –oía a los grillos reírse del pardillo.

-Pues no te lo pierdas,  -interrumpió-  se la he visto el otro día y tiene un ¡¡pollón!! Es un pedazo de me-ga-tra-bu-co! Vaya, que me pareció tan hiperenorme, que no pude evitar preguntarle. ¡Y me dijo que le mide 25!

¡Anda! ¡Como tú!  -pensé. Súper, súper. Hiper, super, megaguay. La Reina del superlativo tenía 25 años, un cuerpo de 25 sobre 25 y bla, bla, bla.

-Esto es de risa Iris, joder  -dije.

-Por cierto  -añadió al paso de unos segundos-   el otro día me comentó que si podíamos hacérnoslo un día los tres…un trío ¿Sabes? Él – y tú – y yo.

– ¡SI! Lo pillo, lo pillo. Los tres. Un trío.

-Eres abierto ¿no?  -aún quedaba más-  Me dijo que se moría de ganas de hacérnoslo a los dos. Megarollito bisex, ¿molaría, no?

-¿Que – QUÉ? ¡A la mierda el amor libre! Putos hippies. ¡Se me acaba  de arrugar el nabo!  Y se me va a caer al suelo ¡Cabrona!

Empezó a reírse sin pudor a carcajada limpia; y revolcándose en la arena -tirados como estábamos- se retorcía ante mis ojos partiéndose toda en dos. Me vi obligado a tener que ahogar esa puta risa con mi propia boca tumbándome encima de su cuerpo e inmovilizándola como a una cándida mamá Ñú descuidada. Roles.

De aquella risa se pasó al ronroneo, y de ahí, a los histéricos jadeos que se me metían hasta el estómago por la boca, bajando por la garganta ahogados a su suerte en una tormenta de saliva caliente. Me la sube. Me la como.

Esa noche estábamos en la pinada. Y así terminamos. Haciéndolo allí de pie y desde atrás. Ella apoyada  en un pino y los dos resguardados bajo la luz de la luna. En plan guay.

Yo no. Yo no estaba. Yo tiraba de sus caderas hacia mí como un hombrecillo de las cavernas, mientras movía a la vez la pelvis con el ritmo espasmódico de Tony Manero. Yo el pino ni lo veía. Y la luna ni te cuento. Ella me lo notaba, pero se dejó llevar conmigo, asintió, y por fin vimos a dios en las alturas. Dios esta en cualquier sitio, lo llevamos dentro y se lo traspasé.

P. D. Por si hubiera podido dejar una imagen sesgada del individuo en cuestión, en el ámbito sexual, en su descarga diré que era un pipiolo de 18 años criado con todos los remilgos religiosos que con el tiempo se fue quitando. Ahora es más abierto. Me consta.

Φ

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