Una bella historia de amor. #prose

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Dos tías. Una de ellas me vibró con su melena lacia a media espalda de color claro. Tenía mechones dorados y dos ojos intentando ocultarse en aquella cascada. Las cejas a su ser, nada de maquillaje, boca grande y rosada. Mitones negros sobresaliendo por las bocamangas de una casaca militar grande, camiseta de rayas marineras blanquiazul, y unos Levi’s ceñidos a una entrepierna y un culo de los que abren el apetito. Kicker’s rojos en los pies y un ombligo a la vista. Un Timbal. La otra era el mal menor, el daño colateral. Mi “jineta” interior también las vio y rápidamente saliendo por la bragueta, subió y saltó de mis hombros. Búscala. Nos pusimos a su lado.

-Hola sin techo, mírame  -dije sonriente mientras apoyaba los codos en la barra con los brazos cruzados. ¿La carretera de Burgos sabrías indicarme?

No me preguntéis. Es inmodesto decirlo, pero se acercaban más veces a mí las presas confiadas, de las que yo me movía para atacar de frente. Me salían gilipolleces así. Solía arrancar sonrisas y dos de cada tres se traducían en victorias, pero era un chapucero. Lo sé. Jon era mucho más directo.

-¿Tienes cama para esta noche?  -le pregunté.

-¿Ves mi cerveza?  -contestó, a la gallega.

Tenía el antebrazo militar pegado sobre la barra, y en el extremo, sujetaba empuñando con una mano una botella verde de 33 cl. La ampolla verde reposaba tranquila aún sobre su culo de cristal.

-¿La ves?  -insistió-  ¿Sabes lo que tardaría en romperte toda la piñata?

-Tranquila. No me hagas una escenita. ¡Jota! Ponme un J&B ancho con un cubito, y lo de mis amigas me lo apuntas a mí, si no quema ésta el local antes de que hagas la suma ¿De acuerdo Princesa? ¿Todo bien?

-Lárgate ya, payaso.

“Hija de puta. Si no estuvieras buena te iba a pagar yo…, pero dos hostias como dos panes”  -me dije dedicándole una sonrisa. Yo odio la violencia gratuita y todo mi dinero es para droga. Creo que quedé como un payaso.

Luego la vi llorando abrazada a su amiga. La amiga me hizo una especie de mueca amistosa sobre el hombro de ella mientras la abrazaba, como para pedirme ayuda. No le hice ni puto caso. Bailé y anduve tonteando por ahí toda la noche por el bar con unos y con otras. A las cuatro, cuando apagaron la música para cerrar, me acerqué a la barra a pagar el consumo de toda la velada.

-¡Jota! ¿Qué se debe?

-Dame…, dos quinientas, va  -sumó.

Los camareros de bar, cuando les pides la cuenta, hacen como que suman y al final sueltan un número entero seguido por un: “va”. Te hacen sentir mejor. Es como si te hiciera una gran rebaja, y te pidiera nada más que una cantidad simbólica por tu bebida. La cantidad perfecta. Oye, y pagas como más agusto. Eso es el Marketing.

-Lo de las tristes ¿Está metido ahí?

-¡Que va! Lo ha pagado la guapa. Es dura de cojones ¿eh?

-¿Dura? Es un puto limón. Bonito, eso sí  -corregí.

La busqué con la mirada en el local ahora bien claro, y la vi junto a la puerta con sus ojos mojados clavados en mí. Quité la vista enseguida y pagué lo que me dijo Juan. Cogí el tres cuartos marinero que dejé en la cabina. Me lo puse, y salí de allí pasando con ignorancia y desprecio por su lado. Eso es soberbia y orgullo mal entendido. Luego aprendí esa lección. Jon se había ido con “Mari” hacía rato ya. No sé dónde fueron. Me metí en el coche y lo arranqué. Lo saqué del jardín donde lo puse; estaba frío. Metí una cinta de Las Ruedas y luego primera. Al empezar a movernos me puse a pensar si irme a casa, o zorrear un rato más en cualquier lado. Pensaba, escuchaba, y fumaba a veinte kilómetros por hora.

“Hay un ascensor, elevador, todo un ascensor…, elevador…, para ella y yo… Y dirán: ¡Chiflado! vete a dormir, no más mentiras…, y yo siempre ¡Digo la verdad! ¡Vivo en un charco! y mi mujer, es mitad pez…, en el espacio, ¡se está fe-no-me-nal!…”.

Creo que me iba a ir a mi casa. ¿Dónde iba a ir solo? (es una pregunta retórica). Al irme acercando a la puerta del bar, vi al daño colateral darle dos besos a mi chica antes de meterse en un coche apretujada. Se fue. La chica de las Kicker’s no se movió mientras su amiga la besaba. Estaba de pie a la puerta de un bar cerrado a 20 mts. de mí, y clavaba su mirada en mi coche desafiándome con los brazos cruzados. 4.30 a. m.

Me acerqué al ralentí abriendo la ventanilla hasta que llegué a su altura.

-¿Vas para Burgos?  -pregunté.

Me miraba con los ojos acuosos, infestados de venitas carmesí pero muy cristalinos. Dos turquesas. No decía nada con todas sus cosas cruzadas.

-Anda, sube que te vas a congelar ahí plantada. Solo te llevo ¿eh?

Paseó desafiante frente al morro del coche hasta darle la vuelta, le abrí la puerta y se sentó. Estaba llorando todavía. No hablaba.

-Sé donde vives ¿Te llevo para casa?  -pregunté.

Arranqué el coche a falta de una respuesta. Yo sabía bien quién era aunque aún no la conocía, y sabía de dónde salía años atrás para ir al Instituto. La había mirado cientos de veces pensándole mis guarradas mientras caminaba tras ella rumbo a las clases y con una mano en el bolsillo.

Conduje con ella al lado escuchando música en silencio. Media hora en silencio. Podía oler su pelo desde mi asiento. Me detuve en un semáforo. Estábamos llegando. Yo sí sabía quién era.

-No pares  -me dijo.

-Vale.

-Quiero morirme aquí sentada.

-Vale. Ojalá no salgas viva…, ¿Vemos amanecer?  -pregunté.

-¿Me matarás al alba, cabrón?

-Nos fumaremos un porro, luego veremos.

Sonrió. Se llamaba Mar. Y ya era mi chica.

Conduje hasta una cruz de tamaño monolito, que había sobre un pedestal de piedra a las afueras en lo alto de una loma. Había un pequeño parking al rededor y se veían las luces de la ciudad, allí abajo. Con el motor encendido y caliente, hice un canuto. Fumábamos en silencio. Luego hice otro. Nos sentamos en el asiento de atrás y me contó con los ojos entornados por el hachís, que un cabrón que era su novio o algo así, se había acostado con su hermana la menor. Hijo de puta.

Luego me contó que ella, maltrataba a un ex que le seguía escribiendo y llamando a todas horas. A veces quedaba con él y le hacía besarle la planta de las Kicker’s. Otras veces le obligaba a masturbarse en un ascensor mientras le insultaba. Cosas de críos, pero nos estuvimos riendo con sus anécdotas de loca, todo lo que quedaba de oscuridad. Cuando salió el sol, sus ojos estaban limpios como un amanecer raso y ya lucía su sonrisa. Nos hicimos amigos, y amantes, y novios, y cómplices, y fugitivos. Estuvimos cuatro años juntos, fui su caballero de la triste figura, y ella mi princesa de los Orfidales. Algunas noches hacíamos el amor. Otras follábamos. Y otras nos reíamos en pelotas fumando canutos y viendo “La vida de Bryan”.

Siempre estábamos de buen humor y nos hablábamos como Faemino y Cansado.

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