La tele #prose #costumbrismosucio

Repartiría mis cosas sin dudar, no tengo nada. Tengo un nudo.

Φ

¿Que qué hace un ayudante de producción? Pues va a correos, agrupa facturas, va al gestor, a la papelería, llama por teléfono, lleva al equipo al partido, va a la tintorería, busca la ropa del presentador, recoge a los invitados o se rasca las pelotas. Ante mi temible criterio para elegirle la ropa al presentador, me acompañaba para esos menesteres mi jefa, la productora. Picar, picar, picábamos más bien poco. Quitando los dos días semanales dedicados para grabación, cualquier otro día no era nunca laborable antes de las diez y media de la mañana; y a las siete de la tarde parábamos la impresora. Una vida buena de no ser por la precariedad del medio y por mis nulas dotes para relacionarme con jefes y superiores.

-¿Le cogemos este de pitillo? –pregunté.

-Sí, encima rojo. Ni de coña, que luego dice que le hace culo.

-Eso se lo ha hecho él, no un pantalón rojo.

-Ya, pero dice que el pitillo se lo marca más.

-Claro, porque tiene un pedazo de culo que parecen dos ¿Dónde se ha visto una gorda sin culo?

-Dios, si nos oyera. No te pases.

-Que le jodan a Santos, es un cretino.

-No, va. Mira ¿Qué te parece este?

-A mí me gusta el rojo.

Uno azul marino, y otro de color melocotón que rebajaba demasiado el rojo de mi petición. Su culo era un melocotón. Santos no dejaba ver su culo por la productora, mas que los días de grabación y para las entrevistas. Y poco. Miraba de reojo al de la pértiga como si viera a Medussa, por las rastas que se gastaba. Se mezclaba poco.

-Venga, vámonos para la ofi que mañana tenéis grabación.

-Ya lo sé, tenemos lo de Requena. Tenemos para todo el día.

-Déjatelo todo preparado y así mañana cuando vengan Diego y Belén solo es cargarlo y os vais.

-Bien. Hago eso y me voy ¿vale? Es que tengo que ir a comprar.

-Qué hora es ¿las seis? Vale, pero deja todo preparado. Y cintas que no falten.

A las siete ya estaba arrimando el siete plazas de la productora al arcén de una carretera sub-comarcal. Lo situaba detrás del último de la fila de coches interminable de viene y va. Así se aparcaba en el supermercado de la droga. Salí. Compré. Guardé. Volví. Me metí. Cada día me costaba más encontrarme una vena. Hasta ellas se avergonzaban de mi sistema de vida a cara y cruz. La rutina consistía en conseguir lo suficiente para poder respirar, para parecer un ser humano y un reservado para asegurarme el oxígeno en la siguiente jornada laboral. Dependía de esas putas maquinillas que me inflaban de normalidad vital cada mañana.

Una vez abastecido, nada mejor que volver al hogar para alejarme de esos mundos surrealistas a los que yo ni pertenecía. El uno y el otro.

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