Aprendo a estar muerto #prose #changes

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Yo intenté casarme también y formar una familia pero estoy impedido para ser buen padre o buen marido. Sí. Solo dejé papeles por los juzgados, y la culpabilidad de un error que ya había cometido antes de decir lo del: sí, quiero. Ignorancia, juventud y un buen culo me pusieron en un hueco donde no cabía. Cerré al salir. Siempre he tenido la capacidad de escapar cuando me ahogo. Es cobardía. También soy puta, ladrón, embustero, prepotente, insatisfecho y hedonista. En dos años más de soledad me quedé hecho un vegetal. Me levantaba de la chaise longe para ir a trabajar y cuando regresaba, me volvía a amortajar en la misma posición, rebozándome en ceniza de canutos. Seguía mucho la tele-tienda; aunque desde que descatalogaron los Abdominazer y los musculadores de calambraca ya no era lo mismo. La segunda temporada fue perdiendo fuelle. Comía más bien poco, apenas bebía y me hacía maratones de 36 horas los fines de semana con el San Andreas en la Play-2. Solo salía de casa para comprar mierdas, y algunos días aprovechaba la salida para comer basura en el burguerking. Vida sana.

En 2005 la empresa tuvo que cerrar engullida por los precios sin competencia que venían desde Asia. El milenio mejoraba. Era una muerte anunciada desde que nosotros mismos fuimos allí (a Asia), a buscar mejor precio en las materias primas despreciando a la industria nacional. Nos comimos por los pies. Buscas precio, margen y posibilidad de negocio, y en ese mundo global que ya se desperezaba, los precios achinados invadieron desde los materiales, hasta los acabados. Con 25 años me quitaron los manguitos y me tiraron donde no se hacía pie. Nos comen los chinos.

Se acabó la tranquilidad económica y un posible futuro sobre un suelo practicable. He trabajado desde entonces en la construcción, pintando tejados con alquitrán, de maquinista, detrás de la televisión, cargando y descargando cosas, en una tienda de ropa, de cajero en Mercadona, y de ayudante de topógrafo en una empresa pública para hacer carreteras de segunda. Nunca más de 10 meses, o dos, o seis, o uno a veces. Era un puto zombie absolutamente frustrado que para el año 2010 se quedó sin ningún trabajo que hacer. No tenía nada. Las multas y los impuestos impagados, se acumulaban en el buzón goteando como sardinas en aceite. Me dieron por culo a mí, y yo se la metí al mundo.

Me limitaba a escribir a todas horas, a tocar la guitarra -a follar cuando podía-, a terminar algunas ideas que embadurné sobre telas; y a calibrar las posibilidades que me ofreciera Internet para gritarle mis groserías. Por la cara. Sin cobrar. Cerré otra vida y me reencarné. He aprendido a vivir con lo suficiente, y ahora soy capaz de acostarme a las tres de la mañana un martes, y de pasarme días enteros tocándome los cojones. Mucho mejor.

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