Nunca [you loose] #prose

 

Le seguí a dos pasos de distancia. Apenas lo conocía de nada, de haber bebido cervezas hablando de culos y tetas; a ninguno nos gusta el fútbol y las tías suele ser un tema recurrente y obsesivo entre caballeros. Cosas de chicos. La tarde del martes, en el bar, vi entrar a una chica que desprendía pétalos de color rosado; la pude oler desde la barra. Unas ojeras en tonos berenjena me dijeron que podía leer a Bukowsky y entender toda la roña que escribía. No hay nada más erótico que una niña de aire repleta de letras, recitando pasajes masculinos y soeces con su voz angulosa y pueril.

“I love beautiful voices telling me terrible things”

 

Una ‘niña’ de aire o de humo, puede ser una mujer de 30 años; el término infantil en este caso no va más abajo de 16-17 años y se refiere a la volatilidad que desprenden algunos cuerpos femeninos. Aclaro.

-Vaya. Que piso más acogedor  -comenté cerrando la puerta.

La entrada enfrentaba a una de las paredes de un pasillo, separando éste en tres segmentos imaginarios dos a uno, de derecha a izquierda. Debía ser una edificación de los 70 del siglo pasado, a tenor del color sepia que lo impregnaba y de los pegotitos de gotelé que rugoseaban las paredes. Le seguí. A unos seis metros hacia el lado de los dos tercios a la derecha, había un final con una puerta pegajosa.

-¡Ahí está! -dijo señalando el final del pasillo.

-¿Ahí está? ¿Quién?

-La niña del bar. Se llama Nunca y la tengo atada a la cama para ti.

Algo me emborrachó súbitamente, fueron las palabras “atada a la cama, para ti”. Caminé por el pasillo pisando goma-espuma hacia esa entrada a los infiernos y me envolví en una nube que repelía los tonos amarillentos y chisporroteaba con colores sonrosados en su interior. Abrí la puerta, agitado interiormente, apartándome las lucecitas de la cara. Dios. Era ella con su clavícula al aire tumbada boca arriba y con las piernas separadas.

-¿Hola? -dije volviendo a cerrar otra puerta tras de mí.

-¿Tú eres Al, no? Me han atado aquí para que me uses -me dijo-, el grandullón dice que te excita mi cuerpo y mi mente.

-Dice bien. Te miro y quisiera hacerle un dedo a tu cerebelo buscando la glándula pineal para que te corras en colores. Quisiera ver tu cabeza estallar del puñetazo que le propine la zorra que encarcelas, cuando excite esas sinápticas funciones.

-¿Me vas a follar también? -cuestionó desde el fondo de su garganta.

Sólo la miré. Ya estaba perdido. En media hora estaba apoyada contra el cabecero y leyéndome poesías de Neruda; poesías tiernas con sexo mientras yo imaginando sus dedos y escuchando, me corría. Miraba sus labios desgranar, descansaba y me volvía para arriba.

Fui capaz de tener tres orgasmos cuando le pasé un libro y la obligué a leer las obscenidades malhabladas de Nick Belane, las de Hank Chinaski y la poesía más explícita del amigo Charles. También me leyó a Pizarnik. Me penetró con su voz hasta rasgarme el alma. Eso es follar también, el tipo de humo que vive en mi hueco necesita alegrías para su pene puntiagudo.

-¿¡No te la has follado!? ¡No me lo puedo creer! ¡Te la he puesto a huevo! ¿No?

-No. Creo que ella no quería, pero como siempre que hago o no el amor, he tenido orgasmos repetidos. Desear es muy privado y por cualquiera de mis doscientos motivos, a ella no le pone lo mío. No soy capaz de excitarla en el botón adecuado. Pero me ha encantado verla. Buen trabajo grandullón.

 

Le asesté diez puñaladas comenzando en los riñones hasta que dejó de decir estupideces. A ella la perdoné. No soy del todo culpable o responsable de querer comer las fresas de tus bragas. Soy un puto animal y te deseo falleciendo entre mis manos. Se puede fingir un orgasmo pero el rojo en la mirada de cuando deseas algo de verdad, ese no lo he visto cuando te diriges hacia mí. No follo con quien no quiere, jamás he saltado ni el más pequeño de todos los noes, y tú no vas a ser una excepción.

Hoy he leído que solo aceptamos el amor que creemos merecer y exigir no es merecer; incluso bajo otro peldaño hasta que si no quieres, no puedes. Me sé perdedor.

No obstante, cuando al entrar en la habitación me preguntó desde lo más hondo de su garganta si me la iba a follar -antes de desatarla-, me la follé por dos sitios; uno alto y uno bajo. Es el instinto animal y los dos lo disfrutamos. Supo fingir dos orgasmos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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