_quince días #prose

 

_y quién cojones le va a disparar al Kraken?

 

En cuanto subí en el coche con mis padres tras el evento, dejé caer una frase al suelo al mismo tiempo que cerraba violentamente mi puerta. Había ‘algo’ que me irritaba.

-“Quiero estar quince días sin hacer nada”. Fue mi petición.

-Bueno, me parece bien –dijo el jefe. Tómate unos días y luego vemos de organizar una importación y…

-Quince –le corté- quince días y vuelvo al trabajo.

 

El programa de rehabilitación había sido intenso; tan intenso que casi me ayudó a conocerme un poco más. Las partes blandas las reconocí enseguida con las terapias.
A la primera.
Aunque la carcasa de la pieza (lo más en contacto con el exterior), siguió sin encontrar un tablero con el hueco donde cupieran bien sus formas; su vida, su futuro, su familia (si es que un día la tenía).
Mi padre no entendía nada. Me observaba a diario fregando los platos en la cocina y escupía siempre la misma frase que se quedaba revoloteando a media altura sobre nuestras cabezas:

‘Con la cantidad de trabajo que hay en la fábrica’.

Yo solía responderle:

‘Con la cantidad de niños que pasan hambre en el mundo’.

Las dos frases se batían como aviones plateados bajo el cielo nuboso de la cocina.
Nadie se abatía en esa escaramuza pero era una guerra eléctrica que hacía de la estancia un lugar irrespirable y mucho más punzante. Nunca entendió nada.
Nunca entendió por qué yo.
‘¿Y por qué no?’ –pensaba yo al observar sus nieves.

Era evidente que con un año y medio de disciplina de manada ya se había recompuesto el muñeco; yo ya volvía a ser uno más aunque el ‘meneo’ al interior al que fui sometido durante la terapia, me supuso una traba para elegir después una vida acomodada.
Me conocí un poco más.

Durante los siguientes quince días me limité a fumar cigarrillos y a leer la prensa en terracitas de verano. Me metí directamente entre dos líneas verticales (una lo era cóncava y la otra lo era convexa), y volaba dentro de un vaso de cerveza. Todo en esos días era como una densa espuma blanca; burbujitas de cebada que ciegan las entrepiernas con suaves tonos dorados. No quería pensar y mucho menos en el futuro. No era miedo.

Dentro de aquella alambrada de carácter vertical la temperatura era agradable por ser una tierra de nadie; yo no quería futuro, el pasado quedó lejos y la vida que me entraba cuando corría el visillo de la duda, era grisácea y con formas de espiral que soterraba sus extremos; nada que tenga color ni que excitara mis manos.
La canica enquistada en el fondo del hueco de mi carcasa seguía buscando sitios por donde esconderse. Puta insatisfacción.

Cuando volví a la realidad habían pasado diez meses. Estaba en otra ciudad y había vuelto a tirar por la borda mi futura vida de empresario. No podía soportarla. Preferí buscarme otra más insulsa y acabé repartiendo paquetería con un camión en una ciudad que tampoco era la mía. Comencé otra nueva vida tan inconclusa y sin sentido como las de atrás.

Búsqueda de estalagmitas donde sentar mi trasero. Incomodidad en los hombros con forma de parches de nicotina. Seguir siendo sin ser nada. Vivir por haber vivido.

Observar para aprender.

 

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