_autostop #texto

 

He estado una semana fuera de casa.
El sábado me invitó a comer una amiga.
También comí Tabulé.
Era mi cumpleaños, una casualidad.
De regreso a mi hospedaje frente al río que me vio nacer hace mil años como enamorado, la mancha a la derecha del asfalto se fue haciendo mochila e individuo con una flecha en la mano ¿indicas la dirección para que te lleve? Cómo no voy a parar si siempre paro.
Era un jovenzuelo francés. Lleva desde Junio en el país y ya habla algo de castellano. Francés. Yo he ‘sufrido’ varias veces ‘esa cosa’ pero hablar en ese idioma jamás ha podido ser. Lo que siempre me ha ayudado mucho es saber hablar en inglés, así que pude entenderme con el tipo mezclando el lenguaje de manos, sus palabras en francés (tiene muchas similares al valenciano, que conozco bien), su castellano, y cuando nos atorábamos, yo intentaba buscar el sentido con palabras de la Gran Bretaña a las que él daba significado con limitada suficiencia.

Pude acercarlo a Sevilla, que es dónde iba, tan sólo cuarenta kilómetros.
Sevilla está a tomar por culo de Gandía.
Al llegar al destino, al lugar en donde he estado toda esta semana, seguíamos hablando por los codos y me intentaba explicar por qué debía estar en Sevilla el día seis.

-“¿Segvesa?” –eso lo pillé a la primera.

-Sí. Fría –respondí sonriendo.

A las cinco de la tarde había un sol justiciero para los ilegales autoestopistas, así que a ambos nos pareció una buena idea beber en una terraza de bar bajo los árboles del Paseo. Le dije que me contara su aventura. Cogió la mochila en Nantes a principios del mes de Junio, sacó el pulgar a pasear rumbo a España y lo único que supo de su futuro inmediato era que tenía un vuelo de regreso desde Sevilla el día sexto del mes diez. Bebimos, fumamos; la terraza estaba llena de fauna debido a un Festival que se ha celebrado estos días frente a mi ventana. Todo se llenó de vida, ese tipo era la vida, su viaje era la vida, los resacosos festivaleros eran la vida; yo me bebí un poco de todo con tres cervezas y envolví con humo de cigarrillos toda la vida que pude atrapar. Me gusta la vida y pienso morirme mientras aún esté vivo. El francés me contó de Galicia, de Asturias y del país Vasco; de León, de Menorca y de su mismísima tierra. Yo le conté de la China.

A las siete de la tarde lo saqué de la ciudad y lo dejé bajo un árbol del arcén, lo puse en la dirección en la que iba. Nos dimos un abrazo. Allí quedó Françoise, menguando en el retrovisor mientras yo aún tenía una sonrisa en la cara. Me encanta ver a un tipo de 23 años rodando solo por el mundo, viviendo sin tener ninguna idea de dónde va a dormir.

Me recuerda cosas. Me gusta la vida. Siempre elijo parar, y escuchar.

Esa noche celebré que el tiempo pasa, con mis amigos. Me he criado allí y conservo algunas personas y cosas. Discutimos de la vida y fumamos marihuana.

_alfeel.

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