_gandías

 

 

Una vez conocí a una chica italo-madrileña a finales de un verano. Vivía en el Parque de las Avenidas y yo en ‘la playa de Madrid’. Pasé mi convulsa pubertad en una desértica y polvorienta playa turística en la que la mitad de propietarios eran –y siguen siendo- madrileños. Preguntases a quien preguntases, todos eran del Barrio de Salamanca. Conozco bien Madrid y toda aquella panda de barrigas con sombrillas y tortillas españolas no cabían en el barrio, ni de coña. Ella no, ella era muy pija. Yo también era muy pijo aunque venido a menos, por propia voluntad, y un incipiente bebedor de cerveza y fumador aficionado de canutos. Éramos jóvenes e imbéciles.

-¿Y ese gilipollas rubito era tu novio?  -pregunté.

-Pues sí, aunque ya no, se ha enrollado con todas las guarrillas de la Disco y es un hijo de puta. Nos conocemos desde niños, mi madre es secretaria de dirección en Iberia y su padre, bueno, y su padre es otro hijo de puta piloto que folla con cualquiera. Eso me ha contado mi madre. Vivimos en el mismo barrio.

-Lo de esta noche ¿sigue en pie?

-¡Calla! ¡Mi hermana!

 

Estábamos dejados caer en la arena sobre unas toallas grandes de La Sirenita y otra muy desfasada del Naranjito respectivamente. La de Disney era la mía. La arranqué de un estirón de la montaña de telas que encontré por la mañana sobre la tabla de planchar. Era de mi hermana. Me la puse bajo el culo y salí zumbando con la moto hacia la playa sin fijarme en nada más que en el objetivo. Playa. Novia. Testosterona.

Acabé por darle dinero a su hermana menor y mandarla a un kiosco a por las guarrerías y los polos que se le antojaran; me compré un revolcón.  Era Septiembre y no me presenté a ninguno de los exámenes de recuperación. La alternativa era esa chica con la que pasé hasta el 17, y no tenía minutos que perder en aulas y exámenes que me daban bastante igual. Yo ya me escoraba.

Aquella noche la hermana se fue a dormir a casa de una amiguita, los padres habían salido para Madrid a retomar sus trabajos y ambas quedaron a cargo de una vecina para comer y administrar su dinero mientras prolongaban sus extensas vacaciones de estudiante. Se conocían de años. La pequeña hermana creció y se acabó casando con el tipo ese que cantaba “Marta tiene un marcapasos”. Se llamaba -y se llama- Marta.

Llegado el 17, se marcharon y conservé aquel amorío mantenido con pinzas entre cartas y llamadas de teléfono durante un invierno.
Hubo un tiempo en que los chicos nos escribíamos cartas.
Nos mandábamos tonterías.

_alfeel.

 

 

 

 

 

 

 

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