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Escribo cosas largas. Flaco y Flor son dos personajes de la periferia. Flor es puta y ambos son adictos. Yo (el narrador) soy un muerto. Soy de clase acomodada y muy tranquilo, siempre confié en mis mejores amigos, en mi familia, y en mi novia. Una noche hicimos una fiesta y se libraron de mí. Me mataron. Me envenenaron con cianuro dejándome en un sitio más allá de la vida y aún por definir. Soy un observador de vidas rotas, tristes, dulces y dignas, como las que no conocí jamás en mi mundo aburguesado. Creo que acabo de enamorarme de Flor. Acabo de conocerla (como narrador, repito).
Una pincelada:

Φ

-¿Tú qué haces Flaco?

-No lo sé. Los domingos son mal día para buscarse la vida. Igual me voy a algún pueblecito cerca a ver si hay bares abiertos y me curro algún descuido. No sé.

-Bueno, tío, yo me voy a echar un rato de faena. Ya nos vemos.

Se abrazaron manteniéndose pegados por el pecho durante minutos.

Desprendían respeto y solidaridad por cada poro. Ese tipo de abrazos únicamente los había visto en el cine, entre padres e hijos o entre parejas que aún amándose, tenían el deber moral o la obligación de alejarse a la fuerza. En mi vida real eso no pasaba. Nos dábamos sencillamente la mano blanda o nos besábamos con las mujeres apenas rozándonos las mejillas y simulando un sonido oscular. Con las mujeres más mayores, o con las de la familia, el gesto era de un semi abrazo sin presión pasando la cabeza por encima de cada hombro simultáneamente, y una vez por cada lado. No estaba acostumbrado a esos roces ni a esos apretones que vi darse a estos dos descamisados. Los alcancé cuando aún estaban traspasándose calor. Resultaba muy conmovedor.

-Cuidado con los pétalos, cuídate ¿Vale? –le dijo Flaco, sujetándola aún por los hombros. Se miraban a los ojos y sonreían.

-Tranquilo, me cuido. Bajó la mirada y la cabeza, poniendo una mano sobre el antebrazo de Flaco que seguía sujetándola. Se deshilacharon en un cogerse las manos mientras Flor daba dos pasos hacia atrás, y se dispusieron a separarse al fin.

-Yo, a la noche igual me paso por el barrio. Dependerá de si pillo pasta -dijo Flaco.

-Pásate si quieres, si te puedo dejar algo; los domingos son el día del ‘barrigón’ y suelo pillar cacho; ahora, los lunes y los martes no huelo ni un pavo.

-Tranquila, algo me caerá. Fijo.

-Pues nada, nos vemos entonces, Flaco.

-Nos vemos, Flor, cuídate.

-Que sí, plasta. Anda, tira.

-Ciao, pedorra.

Me quedé pegado a Flor el resto del día. Tenía la necesidad de verla desenvolverse con su vida y observar cada detalle de lo que sentía esa chiquilla en cada momento. Habíamos apenas caminado quince metros cuando oímos un grito:

-¡Florecilla! ¡Cuídate! ¿Vale?

Flor se volteó sin dejar de andar. Giró sobre sí misma y caminando hacia atrás le disparó una sonrisa al Flaco. Levantó ambos brazos estirados al frente y arrugó los dedos de las manos dejando solamente visibles los dos tiesos corazones.
El Flaco, hizo un ademán como de cogerse las pelotas con una mano y con el otro brazo extendido nos enseñaba un pulgar. Todos estos gestos que en principio pudieran parecer soeces y obscenos, eran totalmente nuevos para mí. Lejos de parecerme feos, aquellos ademanes respiraban una complicidad y una lealtad que yo no había sido capaz de captar nunca entre dos seres humanos en toda mi supuesta vida en un peldaño superior.
Empezaban a caerme bien.
Atravesamos un parque con el suelo polvoriento y los aparatos de metal decorados con antiguos colores chillones. Sólo quedaban ya suspiros oxidados. Los chirridos de cadena que emitían los columpios según atravesábamos ese desierto y nos acercábamos a ellos, parecieran los gritos de la parte moribunda del planeta que se rinde de inanición cada minuto. Dos críos de dos colores distintos volaban entre quejidos de otro hemisferio perdido.

Uno era negro cetrino,

el otro más olivino;

ambos con el pelo duro, y en sortijas;

…y con dos pares de ojos, cada uno.

Saltaron de los columpios al sentir que se acercaba por detrás la Flor más bella del parque, corrieron a su regazo, y con dos besos en cada cabecita, la Flor sacó del bolso un montón de piruletas. Se conocían del barrio; las dos criaturas eran hijas de camellos conocidos por quien consume sus cosas. Drogas diferentes. Uno traficaba con hachís y el otro con heroína. La Flor piojosa se hacía querer. Les frotó la cabeza a ambas criaturas y las dejó cubiertas de polvo de adiós con el dulce sabor de unas golosinas imprevistas, caminó sobre la arena sin apenas tocar suelo y entendí, que dar sin sentarte a esperar es nutritivo. Aprendía cosas nuevas envueltas en celofán y las aprehendía presto, como si tuviera sencillamente un alma virgen y vacía.
Caminaré de por vidas, tras esa niña.

Φ

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