ternura uno

 

 

Vuelvo a sentirme un juguete
para colgarme de un puente
como el día en el que tuve dieciséis.

Descolgué la parte rota del muñeco
cuando muchas primaveras me dejaron esas marcas en la piel.

Supe tan pronto lo vi, que si aquello no era amor,
en el solar de mi vida, donde vive una amapola rojo sangre
y se atornillan las conductas primigenias, no podría
respirar con suficiencia sin morder su corazón,
me vale que me acaricies en el pelo;
me vale que puedas ser, tan a la vez,
juguete inerte sin pilas al que buscarle el espíritu en el bies,
y castigo, de tono inmisericorde
por querer comerme todo lo que es.

Ya ves.

La ternura, cuando es tierna, se hace oscura,
se clava en esa porción atemporal del instante en el que aún no la he lamido;
es la punta de mis dedos estirados que lloran por el contacto de tu piel,
que buscan amamantarse del pezón
con que me miras distante,
y que derraman su llanto sobre el vientre desolado
de un orgasmo sin contacto.

Amar es revolución, saltarse las barandillas
y jugar con las sirenas que guardo por los cajones.

Ya cambió el centro del mundo. Mi ombligo ya no es el mío.
Todo es tú, en una deriva,
antes (incluso del antes), de haber caído en el río.

 

 

 

 

 

 

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