El imbécil

 

 

El perfecto imbécil ama mucho. El hecho de ser imbécil
le discapacita para vivir en pareja y no sabe acumular
ningún bien que compartir. Sólo ama, ama mucho a cada planta,
a la mosca que se posa en el mantel, mientras toma su café
y comparte los granitos del azúcar;
quisiera poder cogerle las manitas y frotarlas
como si fuese su amiga…

Siempre sueña masturbar a sus orquídeas
y escribe sus tonterías. Si camina sobre el suelo,
sus muñones se le clavan porque carece de pies;
debe de echar a volar y lloveros desde arriba de su nube
por no poderse enraizarse en buena tierra.

No le faltan los motivos, siendo así, para amar a cada flor
y para no querer arrancarlas de su suelo;
no le regales un ramo porque llorará si ve cómo menguan
sus colores separados de la tierra -como él-.

Él es el perfecto imbécil.

No puedes contar con él porque no sabe de números romanos,
cuenta el tiempo en sentimientos y llora
por nimiedades a las que les ve belleza,
jamás va a llorar por nada que solamente le duela.

El imbécil no se dobla aunque le escupan la cara,
y no porque sea un valiente,
sino porque no es capaz de soportar a la gente que no entiende,
y como aprendió del arte, se revela.

Ten claro que es un imbécil,
no se te ocurra tratarle como si fuera normal.

 

 

 

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