siria

 

 

El amor vuela en el aire con la triste aleación*

de atravesar a cualquiera,

se parece a la metralla de vivir en tierra santa:

“Amor adiós que saluda”;

sentimientos dando espalda a los más íntegros zagales;

a niños, con agujeros en el alma

que sangran viscosamente como el magma de la tierra.

 

La vida sepulta a cientos

bajo las piedras que observan -hacia arriba-,

preciosas puestas de sol;

mil arcadas, se apuntalan en el oro de una arena,

vomitando bajo el suelo

acueductos de Segovia en cualquier playa.

 

*de aleatorio, aleatoriedad.

 

“…no nos importas tres mierdas porque somos veganos.
No deseamos la muerte a seres vivos que jamás vamos a ver
y nos llenamos de dogmas feministas los bolsillos
mientras dejamos fregar a nuestras madres
los platos, que hacemos santos, con cerámica social”.
-¿Cuántas arcadas tiene un acueducto?-

_alfeeler 

 

 

 

 

 

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siria

ser invesable

 

La zona oscura es tan plana como la luminosidad de las farolas,

afilada, metálica, y titilante.

Es el zumbido de gente caminando sin saber de dónde viene,

cuerpos que celestes me sonríen, pisando mi sombra.

Noto ese desmembramiento escondido entre lo verde,

y el resto de humanidad,

que se ama con sus hilos de saliva, ya no está.

Veo al bípedo asomarse, bípedo y naturaleza muerta,

todo ha sido muchas cosas, todas nada, en realidad.

Un hueco, que se hace hueco, en la escalera,

la pubertad del cadáver en el dorso de mi mano,

¡Cambie el clima, de una vez, para que caliente algo!

porque ya tengo ceniza, de dos dedos en la frente,

y sólo es un cambio climático

lo que pueda sucederme, de verdad.

 

 

 

 

 

ser invesable

legañas y caballos

 

 

Cuando la fauna sin fe de la montaña

se mete en sus agujeros,

otra sale con legañas en el alma

tras la humedad de los troncos

donde gastó una jornada ocultándose de Dios.

Baja en busca de neones que cuelgan desde las tejas.

La prostituta, es feliz.

Rellena su vientre muerto con narcosis,

rompe posibilidades apretando con las manos,

y paga vidas soñadas con la venta una sola;

papel moneda envolviendo piedras viejas,

rostros que darán a luz sus decepciones

bajo la impúdica falda de las noches.

 

Moribunda de alegría a todas luces

retorciendo los colores de una aguja edulcorada

y autodestruyendo al otro,

rogando por que se muera sin dolores,

para ver si la invidencia trae mejoras.

 

 

 

legañas y caballos

uno solo

 

 

Puedo ser un callejón sin la salida,
una ida en proyección que se va a fundir a negro,
un logro sin celebrar y un ahorro de energías;
sabes bien que estás aquí, sólo si ‘estás’.

Me debo a mis mandamientos:

“No pisarás los pétalos del suelo”.
-[También para gobernantes].
“No acatarás una orden sin justicia”.
-[También para gobernados].
“No esperarás en nadie más allá de sus poderes”.
-[También para ti]. Y.
“Lo que haces hacia afuera, ya no es de tu propiedad”.
-[También para un tú de adentro].

El buen sexo y el amor es hacia fuera,
y la belleza interior -la más visible-,
la única que exagera el extraradio,
cubriendo la capa helada que sonríe
hecha de morales muertas, prostitutas,
que asfixian con sus almohadas la belleza.

Yo te puedo compartir todos mis huecos.
Nada más.

 

 

 

 

 

 

 

 

uno solo

II revolución. parte dos

 

¿Alguna nueva poesía? ¿La nueva poesía?
Segunda revolución.
Preceptos.

 

Sienta a los sentidos,

abrázalos blando para que quede constancia,

mécelos en la hamaca de un mundo tranquilo y que un pájaro herido

despeine tu flaco flequillo, que se vean tus ojos azules cantando palabras pulidas

con los ecos y sus huecos derramados en la acera,

que todo sea un orgasmo de consumo,

y que su semen baldío caído de labios pintados de quinceañeras,

deje la clara constancia de que todo sigue igual.

 

Nada me da más arcadas que el olor a novedad de los peluches que posan

en decorados de abrazos y fotos filtradas, se lavan las manos después

de mear y mear y mojar y mojar

a las ninfas que procesan devoción a sus renglones, que se rozan codo a codo

mientras suben por mecánicos peldaños a gastarse más monedas de papá

en coloridos poemas que les metan largos miembros por el vientre

con formas de mariposa.

Retuits de cajas vacías que sólo brillan a oscuras como un pubis infantil palpitando

con olor a ser tendencia, a felicidad low cost, y a romances inventados

que les vierten por encima los que viven escupiendo desde arriba.

 

Voy a quedarme mirando, así es la revolución,

observar y tomar notas con signos de exclamación, y así te digo

¡qué bella feminidad que ruge en la superficie!

¡Cuanto almizcle en ese roce de jerseys!

 

 

 

II revolución. parte dos

II revolución. Parte uno

 

 

“Otro amante choca contra el universo”.

Segunda Revolución.

Asesino a los mirones para sentarme en sus sillas, me convierto en agujero.
Comulgo con pan de ayer tragando el hálito hiriente de la desesperación,
y me sangran –como a ellos- los refulgentes embustes de la máquina del tiempo
amantando el clasismo,
me revelo a las sonrisas que te rasgan los bolsillos
para que puedas comprar los madrugones y transitar por el cauce
de una vida a bisturí bajo un sombrero de copa;
un sempiterno esconder de bragas sucias
con el tono y el color de los insectos que nos esconden la muerte.

Muerto tú.

Muerta ella.

Muerto él.

Y muertos con los amantes, los poemas de azotea
que hacen mueca en los cristales levantando las enaguas de las niñas.
Grotescos campos de penes con llantas de aleación
son el pasto del gusano de franela que proclama libertades sin costuras,
libertades de verdad, de las que dice la radio,
y donde están esperando a tus billetes
para que las consumamos todos en familia.

Segunda Revolución.

Ya no sentamos las bases, sentimos en base a doctos
que nos narran el poema meando sus tonos ocres para consumo inmediato
y dejando que se duerman por olvido con fecha y caducidad en hojas descoloridas.
Hojas de caducifolia.
Si la segunda es derrota, como lo fue la primera,
prefiero que me acompañes a los bares
y perdamos también ésta por pasarles cuanto antes el testigo a los que vengan,

y que a la de tres,

se mueran.

 

 

 

 

 

 

II revolución. Parte uno